La Sálvora de Vera.

Viernes, 23 de Junio de 2017.

Hoy es un día excitante. Preparo mi mochila con la sonrisa en los labios, con ganas de conocer esa pequeña isla en la que mi amiga Vera pasó toda su infancia y adolescencia, ese idílico lugar del que tantas veces había escuchado hablar, como si se tratase de un paraíso perdido de un cuento de Andersen. Cuando termino, me dispongo a coger el autobús de Padrón a Riveira para encontrarme justamente con ella, pero también con Poles, Eila, y Antón.
Al llegar al pueblo, vamos a un supermercado para coger provisiones para lo que será un fin de semana lleno, entre otras cosas, de comida rica como el hummus y el guacamole famoso de la anfitriona del faro. Después nos disponemos a coger una lancha, que nos dejará, tras un breve paseo, en el puerto de la Sirena, donde nos espera un tractor para subirnos a nuestro nuevo hogar de acogida.


Nada más llegar me quedo maravillada ante la preciosidad del faro, custodiado por Kira, la perra guardián, y sigo maravillándome al entrar en los aposentos y descubrir el teatrillo que le hicieron al nacer a Isla, la hermana mayor de mi camarada (a quien, suelo pensar que por el destino, conocí antes que a mi amiga), así como también ante la belleza de los azulejos y de los móviles de conchas marinas. Es un ambiente cálido, acogedor, con música de guitarras de fondo, divertidas charlas y libros de poesía. 



































Por la tarde, vamos a explorar la isla y a aprovechar las hermosísimas calas (las más bellas que he visto) para darnos un baño entre risas y la libertad que nos produce estar solos en este edén. Al caer la noche, celebramos los cinco, junto con Carmen, la madre de Vera, y su compañero, un San Juan totalmente diferente, sin sardinas, con boniato y calabacín a la parrilla, música, baños nocturnos en un mar de ardentía y contándonos datos inútiles mirando las estrellas (teniendo especial cuidado de no confundir las estrellas fugaces con gaviotas comunes).



  

Sábado, 24 de Junio.

Hoy nos levantamos temprano, con ganas de volver a explorar la isla, nos limpiamos el rostro con el agua y las flores de San Juan y nos disponemos a dar un paseo. La jornada pasa felizmente, aunque quizá demasiado rápido. Volvemos a ir a una cala, cogemos conchas que nos llevaremos de recuerdo, hablamos sobre nuestra recopilación de datos inútiles pero interesantísimos de la noche anterior, vamos a la vieja aldea y a la fuente de Santa Catalina a por agua, fotografío una pequeña cría de chorlito gris y tengo que huir de forma despavorida porque su madre me acecha peligrosamente mientras mis colegas se ríen. 
Cae la noche de nuevo, volvemos a subir a la parte superior del faro con colchones para observar el firmamento y disfrutar de la compañía mientras filosofamos sobre nuestra existencia y la suerte que hemos tenido de encontrarnos. 





Domingo, 25 de Junio.

Cómo duelen los últimos días. 
Como Julio, el excéntrico farero en patinete y el padre de mi amiga, tiene que dejar el faro debido a que se jubila, y muchas de sus pertenencias tienen que quedar en él porque no tiene dónde guardarlas, se nos permite a los invitados llevarnos lo que queramos, y yo elijo un par de libros entre los que se encuentra 'Mar de fondo', una serie de relatos que tienen en común nuestro gran querido océano.
Justo al salir del faro, un hermoso caballo autóctono me sorprende invitándome a jugar con él a la pelota, y no puedo hacer otra cosa que mirarlo y sonreír.
Nos despedimos del lugar con nostalgia porque será la última vez  pero sobre todo con una enorme sonrisa por la gran experiencia vivida.

 





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