A Pepa.

Hoy el cielo está gris. Parece que llora. Yo estoy sentada frente al ordenador, pensando una vez más en ti y en todo lo bueno que nos diste.
Hoy hace dos años que ya no estás, pero la herida sigue igual de abierta como la noche en que nos apartaron de ti. Y es que, para mí, el luto no es una fase ni algo que el tiempo pueda curar, pues esa persona que hemos perdido permanece para siempre dentro de nosotros, como un árbol arraigado a la tierra.
A veces cierro los ojos y trato de recordar tu sonrisa, los días de sol y de calor de verano, tu voz como un susurro que me salva y me da cobijo, el aire entrando por la ventana de tu salón y meciendo nuestros rostros. También pienso en tu mirada al ver a tus hijas y a tu hijo, por los que tanto has dado, la misma mirada que ponías cuando veías esa comida que te gustaba y por la que tanto ansiabas casi a cada instante. Es entonces cuando tengo que pellizcarme porque no acabo de creerme que ya no podré cuidar más de ti, ni escucharte cantar o decir te quiero, ni podré volver a pronunciar la palabra 'abuela'. 
Ojalá te hayas convertido en un búho, el animal más bello que existe, y puedas al fin echar a volar y ser libre.





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